En nuestras experiencias trabajando con equipos en distintas organizaciones, hay una escena que se repite una y otra vez: llegamos a facilitar un espacio para mejorar la comunicación interna, y la primera reacción suele ser un gesto de extrañeza, una sonrisa incómoda o un comentario como: “¿Pero por qué nosotros? Aquí nos comunicamos bien”.
El mito de la comunicación interna en la cultura organizacional
En las empresas nadie quiere sentir que necesita ayuda en algo tan básico y cotidiano como comunicarse. Sin embargo, es ahí donde se instalan los mayores desafíos. Porque hablar no es lo mismo que comunicar. Y aunque parezca obvio, la mayoría de los equipos creen que el problema está fuera: en la jefatura, en otra área, en los de más arriba, en “los de siempre” o “los nuevos”. Es decir, el problema siempre parece estar en el otro. Esto genera una trampa sutil pero poderosa: si yo no soy parte del problema, entonces tampoco puedo ser parte de la solución.
El diagnóstico recurrente: la ceguera sobre la comunicación interna
Las dificultades en la comunicación interna no aparecen como grandes conflictos abiertos. Muchas veces se manifiestan como malentendidos repetitivos, suposiciones, conversaciones evitadas, correos mal leídos, tonos mal interpretados o silencios que se llenan con juicios. Y en ese caldo de cultivo, crecen el desgaste, la desconfianza y la ineficiencia. Lo interesante es que, cuando se da el espacio para detenerse, escucharse y observar los propios patrones, emergen nuevas comprensiones. Los equipos se dan cuenta de que todos —sin excepción— contribuimos de alguna forma a los climas de comunicación que habitamos. Que nuestra forma de hablar, de callar, de asumir intenciones o de responder desde la emocionalidad, modela la cultura comunicacional del equipo.